Delicate.

Hay días en los que despiertas y sientes que la vida comienza a cambiar o quizá realmente solo despiertas ese lado que estuvo dormido y no quiso ver que la vida ya estaba cambiando. Que aquello que sientes se transforma, y se unifica a tu rutina, a tu día a día.

Te despiertas y tocas todo por primera vez en mucho tiempo, el suelo, el techo, el cielo raso, todo luce diferente, incluso la luz que entra en la ventana al amanecer. Todo se vuelve claro y oscuro, y te rodea y te atrapa y no sabes en qué hueco te andas hundiendo, no sabes si es solo un sueño o realmente despertaste, solo sabes que estás ahí, aunque no sepas que significa eso.

Aunque no te des cuenta aún que todo lo que tenías es una mentira, que los sueños son pesadillas y que la vida es un telón que espera ser abierto para que empiece la función.

Pones tus piernas en marcha por pura inercia, a ver a dónde te llevan, estás buscando respuestas, estás indagando en tu nuevo amanecer. Tu cuerpo pesa, no sabías que llevabas una carga tan alta en tus hombros, no sabías que aún al despertar seguiría ahí, porque realmente… ¿Despertaste?

Todo resulta insólito, todo luce absurdo y te arrastra a un mundo donde lo efímero parece perenne, donde lo utópico es real. Y sigues tu camino aunque no sabes a dónde te lleva, tus piernas siguen pesando, tus pies se detienen de vez en cuando, tu aliento sale de tu boca en un urgido suspiro, y sientes venir la ola de emociones. Cierras los ojos y dejas caer algunas lágrimas que no sabías que estabas reteniendo, dejas al dolor hacer acto de presencia, dejas que tu pecho se libere aunque sea un solo instante, doblas tus rodillas y te posicionas en cuclillas, tu cuerpo trémulo tiembla y tus brazos inexpertos te abrazan a ti mismo, tratando de encontrar la calma, la razón, la lógica a todo este absurdo realismo.

Pasan segundos, quizás minutos, no lo sabes con exactitud pero sientes menos peso encima, sientes menos dolor solo una pizca menos, pero lo sientes, retornas a tu posición anterior, enfrentándote a un desordenado cabello y una cara desastrosa, no sabes cómo llegaste ahí, pero estás parado enfrente de un espejo, en una casa que no conoces; te asustas y no sabes si correr, si dejarte caer de nuevo, no sabes qué hacer. No quieres volver a ese sueño, no quieres dormirte e ignorar la vida, no quieres sumergirte en esa inmunda sub-realidad.

Sollozos cubren el eco en aquel cuarto, tus labios se rompen en una sonrisa enferma y un suspiro cargado de rabia se apodera de ti. Rompes todo lo que encuentras, y ya nada importa, no importa ver todo destrozado, no importan los vidrios rotos y regados en el suelo, no importan las lágrimas que corren por tus mejillas, no importa cómo luces, no importa el dolor en tu pecho, ni el hilo de sangre que recorre las palmas de tus manos, no importa nada.

Y no hay nadie que te salve, no hay nadie que te encuentre y te calme, porque ya no estás soñando, porque volviste a despertar y estás solo. El teléfono no suena, y todo se hace tan pequeño, y en ese momento el silencio te golpea y te tumba y te das cuenta y lo sabes. Lo sabes con cada pedazo de tu corazón, estás roto, está oscuro ahora y llueve; llovía tan fuerte, que solo podías ver la lluvia caer y caer con la lluvia.





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